El suizo logra en Melbourne su primer 'grande' ante el número uno del mundo, lesionado tras perder el set inicial.
Un gran Stanislas Wawrinka y el grave percance de una persistente
dolencia en la zona dorsal dieron la vuelta a los pronósticos en la
final del Abierto de Australia. El suizo venció por 6-3, 6-2, 3-6 y 6-3,
logrando su primer título del Grand Slam. Nadal dio muestras de dolor y
flexionó el tronco cuando estaba 6-3 y 2-0 abajo, sacando 40-30.
Conservó su servicio, pidió la atención del fisioterapeuta, fue atendido
en la pista y la abandonó después durante los tres minutos que
consiente el reglamento. Wawrinka pidió vehementemente explicaciones al
juez de silla, Carlos Ramos, sobre los motivos que habían provocado la
tregua solicitada por el número uno del mundo. Cuando regresó a la
cancha, el español apenas podía servir: su saque difícilmente pasaba de
los 125 kilómetros por hora. Era carne de cañón para un rival que venía
jugando un partido espléndido y había sido capaz de ganar el primer set a
Nadal en 13 enfrentamientos.
El español, como acostumbra, siguió en pie. Bastó su presencia en la
cancha, su aura indestructible y un juego directo, consecuencia de la
desesperación, para intimidar a un Wawrinka que sufrió un largo ataque
de pánico. Veía muy cerca la victoria, el gran momento de su vida, la
posibilidad de derribar al mejor jugador del planeta. Fue así que el
tercer parcial empezó a escapársele, entre los zarpazos del español y el
temblor del 'outsider', al que le pesaba su recién incorporado rol de
claro favorito. Nadal se vio urgido a transformar su habitual 'modus
vivendi'. Estaba obligado a atacar, a definir los puntos cuanto antes,
urgido por las penurias físicas.
Con 5-3 en contra, Wawrinka tuvo dos bolas de ruptura y la opción de
reequilibrar el marcador, pero envió un resto a la red y el siguiente al
pasillo. Estaba descompuesto. Exhibía un monólogo desquiciado mientras
miraba a su rincón. Allí estaba Magnus Norman, Severin Lüthi,
capitán suizo de Copa Davis. Asistían impávidos a una actitud cuya
prolongación no tiene siquiera atenuante por su condición de neófito en
una gran final. La lesión de Nadal le había sacado del partido, que
interpretaba desde una vertiente puramente emocional. De poco le sirvió
tener dos pelotas de ruptura en el juego inicial del cuarto. Ni siquiera
quebrar en el sexto. Hubo de hacerlo nuevamente en el octavo para
rematar en blanco con su serivicio.
La sombra de Nadal había estado a punto de devorarle, pero encontró
arrestos para alcanzar la orilla. No regaló gestos grandilocuentes en su
celebración. Levantó el puño y acudió presto a conversar con el zurdo, a
quien pareció pedir disculpas por la rabieta protagonizada cuando éste
necesitó los cuidados del fisioterapeuta. Será desde el lunes el número
tres del mundo. Ganó a Djokovic, campeón los tres últimos años, y Nadal,
el número uno. Las circunstancias no pueden devaluar su extraordinario
trabajo.
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